Si fuera la protagonista de una película sería un personaje de carácter enigmático y con un pasado polémico. Tendría algunas cicatrices, pero sería educada y amable, con un gran corazón y mucho que contar sobre su vida. Así es Marsella,  misteriosa y algo desordenada a primera vista, pero capaz de conquistar al visitante con su belleza y su identidad.
Desde la “marquesina” del gran arquitecto Norman Foster a la catedral de Notre Dame de La Garde, descubriréis una ciudad llena de símbolos.

La vida diaria es como un cuadro

La primera parada obligatoria es el Puerto Viejo con sus mercados de pescado, barcas que vuelven de faenar, el vocerío de los pescadores, la brisa y los perfumes del día a día que llegan desde los restaurantes y cafés: un panorama que vale la pena vivir. Desde que fue fundada por los griegos, Marsella ha desarrollado buena parte de su vida en este lugar. A partir del siglo XVII, dos fuertes controlan la entrada al puerto: el de Saint-Jean y el de Saint-Nicolas. Pero hay otras estructuras increíbles que vale la pena conocer, como “L’ombrière” (la marquesina), una obra de Norman Foster. Se trata de un cielo artificial de acero que regala a los transeúntes inéditas imágenes de ellos mismos y de la ciudad. En medio de esta exaltación de colores, gestos y perfumes es imprescindible entrar en uno de los muchos locales y probar la “bouillabaisse”, una sopa de pescado típica de Marsella, que se sirve con picatostes aliñados y la típica salsa “rouille”.

Rincones mágicos y el Museo del jabón

La visita puede seguir con el símbolo de la ciudad, la catedral de Notre Dame de La Garde. La basílica, de estilo románico y bizantino, y culminada con una gran estatua de la Virgen, ofrece unas increíbles vistas de la ciudad. Y si deseáis seguir con el “momento rincones”, solo hay que cruzar la célebre Corniche, un sugestivo paseo de cinco kilómetros que llega desde el puerto hasta el Parc Balnéaire du Prado. La calle se ha convertido en una de las más famosas del mundo, pero nació en 1848 sin más objeto que el de dar trabajo a miles de obreros sin empleo. Una parada curiosa podría ser el Museo del Jabón, donde un maestro jabonero os revelará los secretos del célebre Jabón de Marsella y podréis incluso crear vuestra propia pastilla personalizada.

Habéis descubierto una ciudad inquieta y rebelde que os regalará muchos momentos para saborear con calma, atendiendo solo a vuestros sentidos. Descubridla en un crucero con Costa Smeralda. Os esperamos a bordo.