No solo clubes y vida nocturna desenfrenada, Ibiza es también un oasis de relax y diversión para toda la familia. Una isla con mil caras, tanto es así que es posible pasar unas vacaciones sin ver ni una discoteca. La “Isla Blanca” esconde un interior lleno de bellezas naturales, un auténtico patrimonio cultural por descubrir y una serie de playas vírgenes, lejanas al trasiego de la vida nocturna. No es de extrañar que en 1999 la ciudad antigua y algunos de los emplazamientos arqueológicos y marinos hayan sido proclamados patrimonio de la humanidad por la Unesco

"Si intentáis saltar el pequeño promontorio que hay justo detrás, se abre una piscina natural que pocos conocen, donde el agua tiene un grado de transparencia impresionante; es uno de los rincones desconocidos más hermosos de toda la isla"

Playas alejadas de las rutas habituales

La costa que va de Sant Antoni de Portmany a Santa Eulalia está formada por una larga sucesión de playas y calas paradisíacas de mar cristalino. La pequeña cala Vadella, rodeada de vegetación, ofrece un panorama único especialmente por la mañana, mientras que cala Tarida es ideal para las inmersiones y el buceo con máscara. Y después de cuidar el bronceado en la playa, una sangría en una de las terrazas de los bares de Cala Comte es una de las mejores experiencias de relax en Ibiza. También merecen una visita Cala Bassa y Cala Comte, entre Sant Antoni y San Josep de Sa Talaia. Para una puesta de sol sugestiva, que en mayo y junio se puede tener el privilegio de compartir solo con unas pocas personas, opta por Es Vedrá, delante de la isla del mismo nombre y en una cala de atmósfera mágica y algo de misterio debido al farallón del fondo. El norte es todavía más salvaje y romántico, con Xarraca, Cala Portinatx, Moltons y otros rincones de litoral de arena blanca donde por la mañana no hay ni un alma.

El interior que sorprende

La isla se puede recorrer en media jornada, atravesando bosques exuberantes que terminan en pequeñas playas paradisíacas y acogedores pueblecitos tradicionales. Sa Caleta esconde los restos de los primeros campamentos fenicios de la isla y un espectáculo sorprendente formado por una sucesión de tres colores: el verde del promontorio, el naranja de las rocas que caen sobre el mar y el turquesa de las aguas. Para los que quieren tocar con la mano la historia más curiosa y reciente, tomar un té en las tiendas del mercadillo hippie de Es Canar (comprando ropa de lino, bisutería y objetos vintage) es como dar un salto hacia atrás en el tiempo, hacia los años 60 cuando los primeros hippies californianos llegaron a la isla.

Los niños pueden vivir aventuras divertidas paseando a caballo en los valles del norte de la capital, o explorando la Reserva natural de Ses Salines, donde las aguas se tornan de un sorprendente rosa, hasta la isla deshabitada de Espalmador. Se trata de un auténtico paraíso terrestre donde los adultos pueden tomar un baño de barro en una laguna, embadurnándose de arcilla caliente y revitalizadora procedente de un manantial sulfúreo.