Con sus edificios, una combinación de art déco y estilo morisco, Casablanca es una mezcla de diferentes influencias, una explosión de colores, olores y sabores, una alegría para los sentidos. La ciudad marroquí tiene mucho que ofrecer a sus visitantes, desde los mayores hasta los más pequeños. Y embarcarse en una exploración de las callejuelas de la medina es una experiencia divertida, perfecta para compartir con la familia o los amigos. He aquí tres cosas a tener en cuenta durante una visita de un día a la ciudad más grande de Marruecos.

"Perderse entre los coloridos puestos del zoco es una experiencia que no os debéis perder: dejaos seducir por los encantadores de serpientes y los artesanos que tratarán de venderos su mercancía."

Un legado complejo

Casablanca, fundada en el siglo VII, pasó de mano en mano por diversas poblaciones: árabes, dinastías bereberes, portuguesas y, finalmente, en 1907 se transformó en un protectorado francés (se mantuvo así hasta 1956). Por tanto, su patrimonio cultural es una mezcla de diferentes tradiciones. La mezcla de estilos se puede ver, tanto en los sabores, como en su arquitectura. Las fachadas lineales de los edificios art déco se mezclan sin interrupción con elementos sugestivos arabescos, como mosaicos y estucos, dando lugar al estilo morisco. El mejor lugar para ver esta mezcla es la ville nouvelle, o el barrio Habous.

No os perdáis

Un viaje a Casablanca no es posible sin una visita a la Mezquita de Hassan II, la segunda más grande del mundo, pero tampoco sin una parada en la plaza Mohammed V para admirar las fachadas de los edificios art déco y moriscos y un paseo por las callejuelas de la medina. Perderse entre los coloridos puestos del zoco es una experiencia que no os debéis perder; dejaos seducir por los encantadores de serpientes y los artesanos que tratarán de venderos su mercancía: bisutería bereber de plata, zapatos de piel, lámparas de colores, chilabas (túnicas tradicionales). Y para una tarde relajante daos un paseo siguiendo el océano por el barrio de La Corniche, tomaos una merienda en el Parque de la Ligue Arabe y un baño en el Hammam Ziani (rue Abou Rakrak, 59). Saldréis felices y frescos.

Para chuparse los dedos

Tajine, miel de hojaldre, dulce de almendras, cuscús: la cocina marroquí es sana y sabrosa. Comenzad con un desayuno marroquí en el Café Alba (rue Idriss Lahrizi, 59) a base de zumo de naranja, buñuelos y pan khubz y luego continuad con un almuerzo ligero en el Café Bondi Kitchen (rue Sebú, 31). Para saborear los platos tradicionales – como el famoso tajine de cordero con ciruelas o el cuscús con pollo, verduras y aceitunas – id al restaurante Al-Mounia (rue du Prince Moulay Abdallah, 95). Si, en cambio, preferís el pescado, frito o del día a la parrilla, optad por el Restaurant du Port de Pêche (Port de Pêche). Pero dejad un poco de espacio para el postre: haced una parada en la Patisserie Bennis (Rue Fkih El Gabbas, 2) para degustar los mejores pasteles de la ciudad.

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