Sólo unos minutos de paseo por Brujas serán suficientes para entender por qué la llaman la “Venecia del Norte” o “Die Scone”, la bella. El tiempo allí se ha detenido en una eterna Edad Media; cuidada como un museo al aire libre al tiempo que dinámica y estimulante, la ciudad flamenca es sin duda una de las más románticas del mundo, y es perfecta para que la descubráis durante vuestro crucero de primavera u otoño con el Costa Mediterranea.

"Según muchos expertos, el mejor chocolate de la ciudad está en Dumon, a dos pasos de la plaza del mercado."

El secreto de la fascinación de Brujas es… Brujas. No tiene que hacer esfuerzo alguno para conquistaros: perdeos por sus callejuelas adoquinadas, las elegantes plazuelas y la orilla de los canales contemplando los edificios decorados, sus pintorescas casas de ladrillos, las tiendas de encajes y puntillas, el recuerdo artesanal más característico de la ciudad. Quedaréis irremediablemente embrujados… Y os será imposible no acabar tarde o temprano en el Market, la plaza del mercado, centro de gravedad para oriundos y turistas. El alto edificio que se recorta ante vosotros es el Beffroi, la antigua torre del campanario. Subir los 366 escalones que conducen a su punto más alto es una tarea ardua, pero las vistas desde allí os harán olvidar el esfuerzo al instante. Durante el ascenso podréis ver el gran mecanismo del carillón, compuesto de 47 campanas, que suena cada cuarto de hora.

Plácidos canales y el lago del amor

Terminado el recorrido a pie, es el momento ideal de subir a bordo para una excursión por los plácidos canales de la ciudad. Navegando a bordo de una pequeña barca por el Groenerei o el Rozenhoedkaai se admira Brujas desde un punto de vista único, descubriendo rincones escondidos e inaccesibles a pie. Podréis tomar las mejores fotografías de la visita, ¡pero estad atentos a la cabeza al pasar por los puentes más bajos! En cambio, no hay barcas en el Minnewater, el “lago del amor”, sino parejas de magníficos cisnes blancos, que son también símbolo de la ciudad. El lago y el agradable parque que lo rodea están en la parte sur del centro histórico y os regalan otro bocado de la romántica belleza que hace de Brujas una ciudad única.

Mejillones fritos, cerveza trapense y… ¡chocolate!

Brujas es también un pequeño paraíso para los golosos. Es imposible no probar el plato nacional belga: los sabrosos moules-frites, los mejillones con guarnición de patatas fritas. Como tampoco podréis negaros a pedir una clásica cerveza trapense (producto de los monjes de la orden del mismo nombre) en una de las muchas cervecerías de la ciudad, o poniéndoos cómodos en las mesitas de la cervecería De Halve Maan para degustar la cerveza oficial de Brujas: la Brugse Zot, que sigue produciéndose en el centro histórico. Si por el contrario sois más de dulces, entrad en una de las más de cincuenta chocolaterías, una mezcla de obradores artesanales y talleres de cacao, y llenad el depósito de bombones rellenos, praliné y tabletas. Según muchos expertos, el mejor chocolate de la ciudad está en Dumon, a dos pasos de la plaza del mercado. El mejor modo de concluir la visita a Brujas es con un recuerdo delicioso.

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