Viajar con niños es un placer, pero también un compromiso que hay que abordar con atención. Durante un viaje, los más pequeños (franja de 3-6 años) se encuentran de pronto en situaciones nuevas y expuestos a estímulos y cambios que hay que saber manejar correctamente. ¿Cómo? Nos lo explica la doctora Caterina Borruso, psicoterapeuta de la etapa evolutiva.

"Un recurso fundamental es hacer que participen en la organización del viaje. Contarles historias acerca del lugar de destino, explicarles con qué medio de transporte se va y qué sensaciones se pueden experimentar. "

¿Qué implica un viaje para una familia? ¿Qué ventajas tiene?

El viaje es una experiencia que construye una historia familiar compartida y sedimenta buenos recuerdos que serán útiles en la vida adulta. Tanto los adultos como los niños necesitan construirse experiencias positivas a nivel familiar y el viaje, junto con el juego, las fiestas y otras ocasiones es un antiestrés que representa un buen momento para construir una identidad familiar y personal positiva.

¿Qué le sucede a un niño cuando va de viaje?

Durante el viaje el niño pierde sus puntos de referencia: su casa, su habitación, sus juegos, sus costumbres. Pero lleva consigo sus figuras de apego por lo que, aunque pierda referencias importantes, los padres siguen siendo la base segura desde la que poder explorar. Los niños, de vacaciones, echan de menos sus cosas, por lo que puede suceder que pidan volver a su mundo: por ejemplo, jugar con un juguete por el que sienten algún apego (conviene llevarse uno en el viaje) o comer un cierto plato.

¿Qué emociones desencadena el viaje?

Normalmente un viaje estimula curiosidad y sorpresa. Pero también miedo (de lo desconocido, de lo nuevo) y nostalgia de las propias costumbres y puntos de referencia. Naturalmente, todo depende de la personalidad del niño: en los más ansiosos prevalecerá el miedo y la ansiedad por afrontar algo nuevo, que se manifiesta por ejemplo, a través de continuas negativas ante las propuestas de los padres; en estos casos es necesario descubrir las claves para ayudarlos a afrontar las situaciones nuevas de forma gradual, por ejemplo, haciendo que se diviertan durante la visita a una plaza (una carrera, un corro de la patata, un pilla-pilla) o asignándoles una tarea “importante para la familia”, o, por ejemplo, dejándoles jugar con su muñeco preferido. En cambio, en los niños que adoran las novedades prevalecerán la curiosidad y las ganas de explorar, que habrá que satisfacer y manejar protegiendo su seguridad.

¿Cómo preparar de la mejor manera un viaje con niños?

Un recurso fundamental es hacer que participen en la organización del viaje. Contarles historias acerca del lugar de destino, explicarles con qué medio de transporte se va y qué sensaciones se pueden experimentar. Leerles historias curiosas sobre los lugares e intentar relacionarlas con las experiencias escolares. Además, un plan de viaje con la familia no puede prescindir de actividades dedicadas específicamente a los niños: unas vacaciones en Londres no pueden concentrarse solo en museos y paseos por el centro, sino que tienen que incluir, por ejemplo, picnics en los parques, momentos de relajación, visitas a lugares dedicados específicamente a ellos.

Durante el viaje, ¿cuál es la mejor actitud hacia los niños?

Lejos de casa, los padres tienen que tener más cuidado que de costumbre a las reacciones de los niños. Si no pueden volver a crear los hábitos de casa, es útil crear nuevas rutinas (por ejemplo, un menú diferente para el desayuno, pero repetido), para reducir la tasa de imprevisibilidad y hacer los días más “normales”. Cuanto más consciente sea el niño de lo que hace y de lo que va a hacer durante el día, más seguro se sentirá: tiene que ser capaz de predecir lo que podría suceder, de saber cómo se desarrollarán los días.

Los primeros días de viaje son cruciales. ¿Hay que tener en cuenta algún truco?

Cuando pregunte “¿qué hacemos después?”, hay que responder con precisión. Sobre todo en los primeros días de viaje y con los más pequeños, de entre 3 y 6 años. Los más pequeños necesitan una atención especial en la fase de la “siesta”: incluso a los que por lo general no tienen problemas para dormir en casa, podría hacerles falta un poco de ayuda (mimos, cuentos, compañía) para dormir en un lugar que no conocen, sin las referencias habituales.

¿Cómo puede un viaje ayudar a crecer a los niños?

Un viaje, si se lleva a cabo con la gestión adecuada de los niños, ayuda a aumentar su flexibilidad y les enseñan nuevas costumbres. Moverse y explorar es positivo porque ayuda a los más pequeños a volverse más abiertos y a estar preparados ante nuevas situaciones. Acostumbrarlos a moverse ayuda a aumentar la función exploradora; enfrentarse a nuevas situaciones aumenta la resiliencia, es decir, la adaptación a situaciones imprevistas.

¿Cómo ayudar a los pequeños a tener un viaje agradable?

Un “truco” consiste en observar la realidad desde el punto de vista del niño. Poneos a su altura y tratad de ver el mundo como lo ve él: satisfacer sus deseos ayuda a rebajar el nivel de frustración y nerviosismo en un día que, desde su punto de vista, no va por buen camino. Aunque el padre tenga como objetivo visitar monumentos y restaurantes gourmet, el niño puede preferir jugar en un parque o comer una hamburguesa. Llegar a un acuerdo es la clave para organizar los días de una manera equilibrada entre los deseos de los adultos y los de los niños. Si ante una playa paradisíaca un niño prefiere la piscina del hotel, podéis decidir pasar una mañana en la piscina y otra en la playa. Ignorar sus necesidades pueden dar lugar a nerviosismo, estrés, frustración y a que aumenten los caprichos.

Hablando de caprichos, ¿cuál es la forma correcta de tratar con ellos?

Como siempre los caprichos hay que contextualizarlo, incluso en vacaciones. Lo primero que hay que entender es si trata de un simple capricho o una necesidad. En una situación “nueva” como un viaje, el niño puede estar más nervioso y “pedir más”, debido a muchos factores (novedades, horarios diferentes, hábitos diferentes, etc …); aquí es importante entender las necesidades, sin regañarles. Significa escucharlos, cuidarlos, entender si la causa es el cansancio o la sobreestimulación. A continuación, actuar según la causa, tratando de ser siempre afectuosos y comprensivos.

¿Cómo comportarse en un crucero?

Igual que en los otros tipos de viajes. El crucero es un viaje un poco especial, que ofrece la ventaja de mantener a la familia siempre en movimiento y ver cosas nuevas, pero sin cambiar el contexto cotidiano. Esto facilita la adquisición de nuevas rutinas: la cabina del barco y todos sus espacios son un mundo variado pero “seguro” con el que un niño se puede hacer enseguida, explorándolo con seguridad y creándose nuevas rutinas. Además, los servicios de entretenimiento propuestos generalmente en un crucero satisfacen las necesidades lúdicas de un niño y atraen enormemente a los más pequeños: si se divierten, las vacaciones serán más ligeras para toda la familia.

¿Cómo hay que manejar la vuelta a casa y la readaptación a la rutina habitual?

Después de unas vacaciones un niño puede necesitar tiempo para recuperar su ritmo y sus espacios. Puede sentir más ganas de estar en casa, en su habitación con sus juguetes, que no le apetezca salir como a veces les exigen los padres. En estos casos, es importante satisfacer sus necesidades para que se adapten poco a poco a su vida cotidiana.

¿Hay algún sistema para “sacar provecho” de las experiencias que los niños viven en un viaje?

Al igual que para los adultos, para mantener vivas las emociones experimentadas en el viaje, es útil “recordar” de vez en cuando a través de las historias de los momentos más divertidos, ver fotos o vídeos tomados en el viaje, volver a probar algún plato especialmente apreciado durante las vacaciones .

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