Una isla del Caribe donde nació “El Nuevo Mundo” y donde descubrir los rastros del paso de los conquistadores. Una isla que brilla entre las más hermosas del Caribe por sus playas como Punta Cana, Saona o Bayahibe, un paraíso de relax. Una isla que presume de tener un pueblo caluroso y alegre, de grandes bailarines de bachata y merengue, y de fuertes tradiciones culturales. Una isla que produce algunas de las delicias preferidas del mundo (licores, puros, dulces), pequeños placeres a los que es difícil renunciar si se desembarca en sus territorios y se deambula por sus calles. Estas son las varias facetas que hacen que adoremos República Dominicana.

"Aquí los artesanos exponen las famosas Limé, “muñecas sin cara”, pequeñas esculturas de arcilla roja pintadas a mano que representan a mujeres de llamativos vestidos y grandes sombreros, pero que no tienen facciones en la cara."

Artesanía en La Romana

No hay una única manera de vivir esta pequeña isla, pero para penetrar en su pueblo se puede ir al descubrimiento de las producciones de sus artesanos locales. Para encontrarlos no hay más que dirigirse al centro de la pequeña ciudad de La Romana. El Parque Central es un área abierta con jardines, la iglesia de Santa Rosa de Lima y unos bancos de colores delimitan su extensión. Aquí los artesanos exponen las famosas Limé, “muñecas sin cara”, pequeñas esculturas de arcilla roja pintadas a mano que representan a mujeres de llamativos vestidos y grandes sombreros, pero que no tienen facciones en la cara. La historia cuenta que no tienen cara para recordar que el pueblo de este país es un sancocho de raza, una mezcla de razas. A los artesanos del lugar les encanta crear objetos de uso común (utensilios para la cocina y la casa) con las conchas que recogen en sus fondos marinos, con madera y cáscaras de coco. Pero lo más fascinante son las piedras preciosas. La más conocida y típica de la isla es el larimar, de color celeste.

La ciudad de los artistas

La cultura indígena de la República Dominicana se muestra con orgullo en el pueblo de piedra de Altos de Chavón, muy cerca de La Romana. Es la reproducción de un centro medieval italiano, y es muy querido por los artistas locales, que han abierto allí pequeñas galerías de arte donde trabajan y exponen sus obras. Altos de Chavón se ha convertido en la ciudad de los pintores y de los escultores caribeños, mientras que desde hace algunos años se ha abierto también una escuela internacional de diseño. Caminando por sus callejones es imposible no enamorarse de un lienzo o de una pequeña escultura de llamativos colores caribeños: es la ocasión perfecta para conocer a los artistas que las han producido y aprovechar para llevarse a casa una obra única.

Pequeños vicios para recrearse el paladar

No hay vicio más irresistible que el comprar recuerdos para degustar, y también para esto la República Dominicana consigue extasiar. No hay más que caminar por el centro de la capital de Santo Domingo, que fuera el primer asentamiento de una colonia europea en América, en tiempos de Cristóbal Colón. En el corazón de las tierras que habían de convertirse en “las Américas” se concentran las mejores tiendas donde comprar productos típicos y autóctonos que os permitirán llevaros a casa el gusto y los perfumes de la isla, como café y azúcar de caña. Además, al norte de la zona colonial está el Mercado modelo, el mercado colonial, una enorme área cubierta donde se reúnen todas las producciones locales. ¿Qué llevarse a casa? Sin lugar a dudas un puro hecho a mano; en la isla hay varias fábricas donde los producen, como la Tabacalera de García, en La Romana. En los puestos del mercado encontraréis los mejores de la producción local, desde los Montecristo hasta los Vega Fina. Junto a un buen puro, es imprescindible degustar un buen ron dominicano, e incluso acompañar este precioso licor de meditación con un buen chocolate… ¡dominicano, naturalmente!

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